
Hoy mamá me pidió un permiso para escribir una anécdota de algo que nos ocurrió anoche y por eso esta vez será ella quien se dirija a ustedes. Ayer, a eso de las 9 de la noche Daniel y yo nos llevamos un gran susto, cuando el bebé mientras yo preparaba todo para bañarlo y Dany subía todo lo del mercado, se nos cayó de la cuna. No vimos la manera en la que cayó por lo que ahorita solo queda imaginar de qué manera pudo haberse salido. Alivia en verdad verlo sonriente y felíz aunque con tremendo chichón en su cabecita.
Sin embargo, debemos admitir que por la altura desde la que cayó, en verdad, Dios y el angelito de la guarda lo estaban cuidando. Tenemos como hipótesis que escaló unos cojines que yo le había colocado como protección para que no se diera contra la las cabeceras de la cuna cuando empezaba a pararse y se habrá inclinado hacia adelante para ver quien abría la puerta de la calle y el peso de su cabeza lo haló hacia abajo. Al lado de su cuna hay unas cajas de algunos de sus juguetes, pensamos que eso puede haber detenido un poco la caida. NO NOS CANSAMOS DE DAR GRACIAS A DIOS porque la única consecuencia fué un susto y un chichón... el pediatra recetó un analgésico, hielo e hirudoid. Estamos contentos de ver su sonrisa intacta, sus ojitos alegres y escuchar sus alegres voces... como nos enamoran estos chiquitos... Les dejo la foto del lugar de la caida... ¡que susto! y gracias a Dios solo fue eso y la primera anécdota accidentada fuerte en nuestra vida de padres.